Memorias de la pelota

Memorias de la pelota

La memoria ha sido uno de los tópicos más abordados por la Literatura. Todos recordarán, por ejemplo, la escena magnífica que describe Proust en Por la parte de Swann, donde el sabor de una magdalena le recuerda los domingos por la mañana que tuviera en su infancia en Combray. Acaso Borges, por su parte, alerta a los lectores sobre los peligros que conllevan los alcances de la memoria absoluta. En Ficciones, Funes es el protagonista de tal martirio. 

Podría continuar enumerando inagotables ejemplos de la relación entre la memoria y las narraciones, o en definitiva, entre ella y los pormenores de vivir. No es lo que quiero. Con certeza creo que hay una forma de construir la memoria que nos aqueja a millones de personas alrededor del mundo y de la que, por suerte o por desgracia, no podemos escapar.

El fútbol, un espacio para la creación, estrategia y engaño es, también, un lugar donde sumergen, resurgen, se esconden y, en ocasiones se guardan atesorados, los vestigios de la memoria.

Es común escuchar el relato de gente que recuerda hechos importantes de su vida según fechas trascendentales en el fútbol. Tengo un vecino, por ejemplo, que recuerda el año en el que vino a vivir al barrio porque fue en el que el mundial se hizo en Argentina. Mi vieja decía que sabía cuándo su madre había comprado el primer televisor color porque fue en el mundial de los penales. Tengo un amigo que añora una mascota perdida entre los ejes de un auto porque fue el día en el que a Maradona le cortaron las piernas.

Yo, por mi parte, vivo también con una memoria de gajos negros y blancos. Recuerdo los sillones de caña con almohadones violetas y rosas del living de mi casa porque mi viejo los llevó junto al calefactor una noche, cuando el fútbol estaba al revés, y cuando un tiro libre fue imposible para Cavallero. Tengo en mi memoria los retazos del enojo de mi primera novia porque preferí, antes que compartir mates con ella, ver el gol (picándola) de Ortega a Chacarita. Sé, aunque no lo haya vivido, los años en los que se produjo la Segunda Guerra Mundial porque comprende el lapso en el que no hubo mundiales. Entre los anaqueles de la memoria puedo desempolvar el primer año en el que tuve mi primer trabajo, en un supermercado, porque frenamos para ver la cortina de Samuel y el cabezazo de Heinze contra los nigerianos, y porque el jefe gritó como loco el penal picado por un uruguayo. Podría rastrear con facilidad la pelea con uno de mis amigos de la secundaria porque el infeliz ponía en el pizarrón todas las palabras con B. Conozco el día exacto en el que dejé mi primer trabajo porque fue un día después de los dos goles de Trezeguet en El Monumental. Guardo en el nostálgico cuaderno de mi cabeza el primer día en el que di clases porque giraba en mi balero la canción del mundial en el que los brasileros se comieron siete. Conservo el rostro pálido y las manos huesudas que se daban calor mutuamente de mi vieja porque así permaneció cuando le anularon el gol a Higuaín en la final. Sé que mi hermano tenía un Fiat gris cupé porque sentí vibrar la ventana de mi habitación cuando me fui a acostar después de que Palacio la tirara por arriba. No olvidaré la fecha en la que comencé a salir con otra novia porque la vi después de que Messi le clavara al ángulo el tiro libre a Estados Unidos en aquella maldita Copa América del Centenario. No podré arrancar de mi mente la fecha exacta en que me dejó esa novia porque fue dos días después de que Cardona estampara, donde tejen las arañas, un tiro libre en El Monumental. Guardo en mí los instantes previos a huir de mi ciudad natal porque pateé una caja después del gol de Pratto en el Bernabéu, porque salí, desaforado, a gritar el gol del Pity a la calle.

Quizá sea que, como dijo la versión borgiana de Otto Dietrich zur Linde, no haya cosa en el mundo que no pudiese ser germen de un infierno posible y así enloquecer a una persona, siempre y cuando ésta no lograra olvidarla. Tengo para mí que la memoria de la pelota es un camino que merece ser recorrido. Me permite elegir cómo seguir. Si deseo que el recuerdo permanezca, puedo invocar a los dioses de la pelota y acercarme a los momentos inmaculados. Pero si, por el contrario, esas imágenes abren la puerta del infierno, la pelota se vuelve una bifurcación por la que me puedo ir, y ver pasar el tiempo entre discusiones: ¿cómo pudo ser que Argentina no convirtiera una, tan sólo una, de todas las situaciones que le generó a Suecia? ¿Debió Palacio patear por abajo? ¿Por qué la pegada de Cardona no es congruente con la destreza física de un deportista de alto rendimiento? ¿Por qué, acaso, Guillermo no puso a Zárate en la final en el Bernabeu? No, no se equivoquen. No son discusiones infructuosas. Son, en cambio, un salvoconducto que nos permite a todos los memoriosos de la pelota seguir viviendo un poco más.

Autor: Juan José López

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