“Conocí el estrés cuando nadie sabía qué era”

“Conocí el estrés cuando nadie sabía qué era”

Julio Jorge Olarticoechea es sinónimo del Mundial 86. Pero un ex futbolista es más que un ex campeón. De eso y por eso habla el Vasco.

La cita es en Saladillo, obvio, su ciudad natal. En el camino la señal va y viene, como cualquier lateral volante. Algún whatsapp con Julio nos permite ultimar detalles. Mientras miro las conversaciones, me doy cuenta de que es fácil identificar la que tengo con él. En su foto de perfil hay cuatro tipos de azul abrazados, en primer plano. Uno tiene rulos y una cinta de capitán en el brazo izquierdo. Otro, con la siete en la espalda, lo abraza. Un tercero es alto y tiene pelo largo; no se ve pero cualquiera sabe que su barba es prominente. El último estampa el trazo final de la pintura: Olarticoechea. Tiene los brazos levantados, rodeando la cabeza de Maradona, y la boca bien abierta: grito de gol. De fondo, las tribunas repletas del Azteca.

Pienso entonces: ¿Qué puede decir el Vasco Olarticoechea que no haya dicho ya? Ése es el desafío. Un reto que no se agota en él sino que se extiende a todos los campeones del mundo en México 86. Tamaña gesta rodea al futbolero medio con orgullo pero también con algo de desazón. Es que, a 33 años de aquel logro, la selección mayor argentina no consiguió algo similar. Los campeones del 86 han relatado una y otra vez tanto aquella hazaña como sus historias particulares. ¿Qué se puede agregar?

El Vasco baja de una camioneta blanca. No parece un ex futbolista famoso y campeón del mundo. Tiene un jogging negro, un buzo marrón y una gorra que homenajea su apellido. En la estación de servicio, donde es la cita, parecen conocerlo. “De 9 de Julio, ¿no?”, nos pregunta. Se sienta y arrancamos.

Manifiesta que sus raíces son extranjeras, como las de la mayoría. La rama paterna desciende de España; la materna, de Italia. “A los cuatro o cinco años yo tenía una imagen en la cabeza. Veía a un hombre chiquito, de gorra y saco. Siempre lo recuerdo, es como un sueño. Una vez le pregunté a mi mamá. Y sí, me confirmó que son imágenes verdaderas. Mi abuelo chiquito, de gorra, tano. Y uno más alto, el papá, el abuelo de mi mamá, digamos.”

En su carrera futbolística, la familia también fue importante. En 1974, casi con dieciséis años, pasó a Racing: “Fui a vivir a la casa de mis tíos; fue muy importante para mí. Si iba a la pensión, volvía. La casa de mis tíos era algo increíble. Quedaba en Mitre, a cuatro cuadras de parque Domínico, en Wilde. Era mágica. Todos los días a las 5 de la tarde había truco. Se jugaba con los vecinos. Al lado había un médico muy famoso, y tenía una puerta que pasaba a la casa de mi tío. El tipo atendía y en un momento a la tarde, hacía un break, se jugaba un treinta y seguía atendiendo. Esa casa era pura alegría.”

Pero no sólo en el hogar sus tíos eran creativos. El comienzo en Racing fue difícil. Como el Vasco era suplente, los tíos y los primos mostraron sus mejores cartas: “De ser el mejor de acá pasé a no jugar allá. Entonces mis primos y mis tíos se ponían atrás del alambrado y le gritaban al técnico, un gordito de apellido Castelli: ‘escoba, cepillo, que entre Saladillo’. El tipo, para que no cantaran más, me ponía. De 7, de 9, en cualquier puesto.” Se ríe y concluye: “Después fui tomando confianza y salió el jugador que era acá”.

En 1976 debutaba en primera y, un año más tarde, llegaba la selección juvenil. En el 77 viajaba a Venezuela a jugar un torneo. En ese equipo ya estaba Diego Maradona. Por estar excedido en la edad no pudo jugar el Mundial de 1979 pero formó parte de la delegación que viajó al clásico torneo de Toulon. El año siguiente, 1980, fue en el que su nombre se hizo fuerte: “Ese año entro en una lista de 40 intransferibles, eran jugadores del medio local que no se podían vender porque formaban parte de la selección. Me quería el Valencia pero Menotti hizo esa lista y no pude ir.”

Sin embargo, podía ser transferido al medio local. En consecuencia, en 1981 pasó a River y ese rendimiento lo llevó al Mundial de España, aunque no jugó ningún partido: “En la gira del 81, en Barcelona, yo jugué de titular de marcador de punta derecha. Pero después, en el mundial, Menotti dejó la línea de 4 del 78. Respetó a Galván.”

El Mundial 82 es recordado en la jerga futbolera por ser uno de esos campeonatos en los que Argentina prometió más de lo que finalmente cumplió. Olarticoechea no encuentra la causa en lo futbolístico sino, sobre todo, en la logística: “La preparación fue muy buena pero hubo problemas de concentración. Erraron en el lugar que eligieron. Fuimos a un hotel que era un paraíso: playa privada, la gente tomaba sol ahí y nosotros estábamos en el hotel. No sé por qué eligieron ese lugar. El hotel estaba muy bueno pero lo que me llamó la atención es que tenía playa ahí abajo. No te podés concentrar así.” Abre las manos y sonríe, como si las palabras sobraran.

Olaerticoechea tiene, entre otras virtudes, la de haber sido dirigido por los dos técnicos argentinos campeones del mundo: Menotti y Bilardo. Identificado con el doctor, no titubea en destacar algunos aprendizajes del flaco: “Como técnico uso cosas de él. Por ejemplo: las pequeñas sociedades. Las triangulaciones. Cuando recuperás la pelota, tenés que tener la posibilidad de una asociación: pase filtrado o apoyo atrás. Después, el famoso cuando voy, vengo y cuando vengo, voy. El delantero, por ejemplo, venía, hacía como que iba a recibir y picaba. Entonces vos le tirabas el pelotazo. Son detalles no menores. Cuando no tenés espacios, los tenés que fabricar. Esas cosas me quedaron marcadísimas. Pasa el tiempo y los conceptos siguen.”

De todas maneras, el Vasco no se esconde para marcar las diferencias: “En la forma de pararse en la cancha eran totalmente distintos. No es que Bilardo te decía tirala para arriba. No tirábamos pelotazos, era tenencia. Nosotros con el esquema de Bilardo sacábamos ventaja en que no dábamos referencia a la defensa contraria. Al tener un solo delantero y todos volantes, no teníamos wines pero sí mucha rotación. Ahí complicábamos a los rivales; no les dábamos referencia.”

Pero no todo era medalla, trofeo y laureles con Bilardo. A veces los genios no son contemporáneos y cuesta entenderlos. El narigón no fue la excepción: “Era difícil bancar a Bilardo. Doble turno a morir. A la mañana físico y después te agarraba él. Un toquecito siempre te daba. Te iba metiendo conceptos de a poco. Y a la tarde te agarraba de lleno. El reloj no existía y el entrenamiento era durísimo.” Luego Julio reconoce: Fue un maestro para nosotros. Lo puteábamos porque no paraba de exigirnos. Yo lo comparo con los profesores de la escuela. El chico que estudia le tiene bronca al profe que le toma lección y que le exige. A ese tipo no lo quieren pero en realidad es el que más enseñanza te va dejar. Entonces para nosotros fue un maestro. Primero no lo entendíamos y después sí. Al pasar el tiempo, nos damos cuenta que nos dejó un montón de enseñanzas.”

Pero ningún genio trabaja solo, y la exigencia también necesita descanso: “El profe Echeverría (preparador físico de Bilardo) era un cable a tierra. Sacaba tensiones. Bilardo era tremendamente obsesivo. Con el profe podíamos hablar de otras cosas; Bilardo hablaba sólo de fútbol.”

Si bien fue ésa la exigencia que los llevo a tener el máximo nivel y ser campeones en el Mundial 86, el fortalecimiento no sólo es físico y futbolístico; también es mental: “Muchos éramos capitanes en nuestros equipos. No hubo cortocircuitos porque hay distintos tipos de líderes. Yo era capitán por lo que hacía en la cancha. Diego era un líder positivo porque era democrático. Él escuchaba y se hacían reuniones. El grupo se fortaleció en dos reuniones importantes que tuvimos.”

Aquí paramos la oreja. Escuchamos a Olarticoechea con detenimiento. Quizá diga algo que no haya dicho aún, devele el secreto que ha estado bajo llave durante más de un cuarto de siglo. Pero el Vasco era lateral y sabe cerrar bien la línea: “¿Reuniones fuertes? ¿Una en la habitación?”, preguntamos. “Una en la habitación, sí, sí. Y después hubo otra, que esta sí te la puedo contar.” No hay forma. Olarticoechea saca el centro con la nuca, rechaza y sale jugando por donde pueda asegurar la pelota: “No teníamos ropa deportiva ni para entrenar. Entonces veíamos que los uruguayos sí tenían. Agarramos y dijimos: reunión. El plantel solo. Nos pusimos de acuerdo en que al otro día íbamos a desayunar todos con la ropa nuestra. Dicho y hecho: estábamos desayunando con remeras de todos colores. Apareció Bilardo, empezó a mirar y no entendía nada. Recién ahí apareció un poco de ropa.”

Quizá lo más importante del pos Mundial 86 haya sido, de cualquier forma, un doble descubrimiento: los peligros de la fama y las alarmas de la competencia. “Yo viví la locura de la gente después de cada mundial, eso de no poder estar en ningún lugar. Llegó un momento en el que no quería salir de mi casa. Quería pasar desapercibido y no podía. Eso a mí me duró un mes nada más. Entonces pensé al toque en Diego, lo que es su vida. Yo no aguantaría.”

El Vasco pasa al ataque y agrega: “A él (Maradona) lo peor que le podés hacer es tocar el hombro de atrás. Es un tic que le quedó. La gente continuamente lo tocaba de atrás para que se dé vuelta. Ahí comprendí lo que es ser Maradona. Y eso te lo regalo, porque no podés vivir así. A Diego le pasó lo que le pasó por no saber manejar la fama.”

Ahora mete una diagonal, no le da referencia al rival y sorprende manifestando su segundo descubrimiento. Fue en Nantes, luego de ser transferido desde Boca*: “Después del mundial no tuvimos vacaciones. Llego a Argentina y de vuelta a concentrar para la Copa Libertadores. En el segundo partido, me sale la venta al Nantes y juego igual, contra Peñarol. Al poco tiempo llego a Francia y ando muy bien en los primeros dos meses. Pero en octubre me agarra algo raro: durante el día se me dormía la mano y el pie y, de noche, directamente no dormía. Entonces, a la tercera noche, me empecé a descontrolar. Fueron dos meses malísimos. Ahí tuve estrés. Después del mundial tenés que tener vacaciones. Es mucha presión. Yo no las tuve, el cuerpo me pasó factura y conocí el estrés cuando nadie sabía qué era.”

Después de la experiencia casi fugaz en Francia, regresó a Argentina. Jugó en Argentinos Juniors, nuevamente en Racing y cerró su carrera en Mandiyú de Corrientes. Cuando lo hizo, no creyó que sería director técnico: A mí no me gustaba ser técnico. Me retiré y durante diez años no fui a Buenos Aires; me vine a Saladillo. No tenía pasión por dirigir. Pero sí tuve escuelas de fútbol desde el año 91 acá, en Corrientes y en San Bernardo.”

En este punto Olarticoechea deja entrever su verdadera pasión: “A mí me gusta la formación. Y con escuelas no competitivas. Además, yo en ese tiempo disfrutaba. En temporada, en San Bernardo, hacía de mozo, como uno más. Y la rompimos. Hicimos un lugar muy futbolero. Esos años un par de veces me ofrecieron dirigir inferiores. Pero no quise porque no te pagan bien. No valoran al técnico de inferiores. Yo tengo amigos que dirigen y tienen que tener otro laburo para subsistir. Con las escuelitas vivía mucho mejor que dirigir en un club.

Más adelante en el tiempo, el Vasco tendrá varias experiencias como entrenador en la selección, tanto en el fútbol femenino como en el masculino. Sin embargo, prefiere seguir vinculado a la formación de los juveniles. Es por eso que viaja por el interior dictando clínicas: lo que hacemos es formar formadores. En el interior hay pocos técnicos porque no tienen la posibilidad de hacer cursos. A eso vamos nosotros: a mostrar nuestra manera de entrenar. Cuando veo un entrenamiento en el que los pibes dan una vuelta a la cancha, me quiero matar. La entrada en calor es técnica.” Y agrega: “Lo básico es pase, recepción, pase, recepción. Después si es habilidoso, mejor. Pero el pase es lo básico. Fijate que el del europeo es distinto al del argentino, es fuerte. Acá dan un pase suave. Cuando lo das despacio el rival tiene tiempo para presionar. Hay que entrenar más el pase

Advierte, asimismo, la importancia del trabajo a largo plazo: “A través del tiempo, con la rotación y continuidad del ejercicio, el pibe te mejora la parte que no maneja. Cuando llegan a los 13 o 14 años tienen que saber cabecear con los dos parietales, cómo mover el cuello y patear con las dos piernas”

Ante la pregunta de por qué no se hace eso, Olarticoechea responde: “porque los profesores tienen que tener varias actividades para lograr un buen sueldo. Entonces están en el club una hora y media. Vienen volando de una actividad y se tienen que ir volando a otra. No hay tiempo.”

No hay tiempo. Olarticoechea ha hablado más de una hora y media y se acerca el mediodía. Espera la llegada de otros periodistas por la tarde. No obstante, el tiempo, su tiempo, no ha sido en vano. Julio Jorge Olarticoechea no se resume en el rótulo de campeón del mundo. Demuestra que, en todo caso, eso es un puntapié para entender que la gloria es eterna. Que sus secuelas no son otra cosa que esquirlas esparciéndose para mostrar que el secreto no está en cómo se llega a la gloria sino en cómo se maneja.

*En 1984, el Vasco pasó de River a Boca directamente.

Entrevistadores: Facundo Berazadi y Juan José López

Fotografía: Gustavo Abraham

Redacción: Juan José López

Agradecimientos: Silvio Moncany y Mariela Cánepa

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